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 Padres y Profesores 

 

La educación de los hijos

Porque ellos también educan, cuando se trata de educación las cosas a veces del revés se ven con un sentido más pleno. Si son las necesidades de nuestros hijos las que nos hacen crecer a nosotros, y quién da la vida a quién no se decide solo en un alumbramiento. Si sus juegos son algo muy serio y sus errores nos duelen infinitamente más que a ellos. Si sus dolores nos hacen llorar, sus éxitos enorgullecernos y nuestra paz les calma a ellos. Si todo eso es cierto, igual de vez en cuando el revés sea el derecho.

Y tal vez, por mucho que se hable, no exista ese momento crucial, mítico, tan definitivo y esperado por algunos para ser padres, en que supuestamente se estaría preparado para serlo. ¿Cómo se podría estarlo sin un hijo débil que nos haga fuertes, venga a decirnos quiénes eramos y nos exija crecer hasta donde espera que lleguemos?

¿Qué podría significar estar preparados sin un hijo que acabe con todas nuestras seguridades, nos descubra nuestros límites, y nos haga todas las preguntas? 

Paula Hermida

Porque a veces en educación las cosas del revés funcionan mejor, y hay que confiar en ellos para que sean responsables, y no pedirles que lo sean primero. Y otras veces, más que meterles prisa, hay que saber esperar y dejarles que nos den tiempo. Porque cada hijo nos sorprende de un modo único y nos hace padres de un modo nuevo. Y hay tantos modos de ser buen hijo como retoños tengamos, y modos de ser padres como ellos necesiten.

La educación entonces puede ser que exija estar a la escucha y no escucharlo todo, y ser transparentes no quiera decir que tengan que contar hasta lo de más adentro. Y no se trate de técnicas ni de tanta comunicación. Ni de tiempo de calidad –no sé qué sea eso –contra cantidad de tiempo. Y sí en estar como los marineros, que cada ola les avisa de algo, que no hay movimiento que se les despiste, que viven enamorados del mar. O no sea camino de una única dirección y sentido, ni un plan de recorrido estructurado por edades, objetivos y conocimientos. Ni sea una gran lista de metas y propósitos a llevar a cabo, o a pesar de ellos. Y la educación se parezca menos a adiestrar con premios y castigos, y más a intentar bailar en pareja, pintar un cuadro, cuidar un jardín o amasar lento.

Y si el objetivo no fuera que sean capaces de hacer cosas buenas, sino de amar y elegir lo bueno. Y un hijo nos de una gran lección cuando un dia muy serio nos diga que lo tiene claro y que yo de mayor lo que quiero ser es bueno.

Paula Hermida

Si nuestros hijos tampoco nos han elegido a nosotros ni puede que estuvieran preparados para eso, tal vez entonces la educación una vez más recorra el camino inverso: y consista en llegar a serlo. Porque sin la sorpresa originaria que es cada hijo y las demás pequeñas, constantes, cotidianas, mejores o peores, de cada uno a lo largo de la vida, no habría lugar para semejante empeño. La educación de ambos: de hijos y padres, de padres e hijos.

Si habremos educado a nuestros hijos cuando sean capaces no solo de cuidar de ellos mismos sino de cuidar a los demás. Y ahora, con mi edad y mis circunstancias pienso: cuando los que nos cuiden sean ellos. Incluso, más del revés todavía, cuando para ellos eso sea un descubrimiento. En ese momento habremos pasado el testigo. Y llegado juntos, con los que siempre seguirán siendo nuestros hijos, al culmen de la educación, que no al extremo. Acaso, ¿podemos llegar nadando hasta donde se guardan las olas?. 

Paula Hermida, filósofa, teóloga y madre del Colegio Orvalle

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