Cuando van mal en los estudios...

Fecha: 03/11/2015

nina estudia.responsable pClara Sordo, Orientadora y profesora del Colegio Orvalle

Publicado en la Revista Hacer Familia

¿Cómo debemos reaccionar los padres? ¿Castigamos? ¿Nos sentamos con ellos a hacer deberes? ¿Cómo descubrimos si hay un problema de aprendizaje? ¿Qué actitudes debemos evitar? ¿Cómo debe producirse el contacto con el colegio? ¿Qué opciones suelen ofrecer los colegios para malos estudiantes? ¿Y si no es suficiente con el apoyo escolar? ¿Cómo son unas buenas clases de apoyo? ¿Cómo solventar la crisis de autoestima que se puede generar en los niños? ¿Cómo mantener su interés por los estudios a pesar de que no hayan obtenido buenos resultados?

El curso está comenzando y puede que nos hayan llegado las primeras señales de alerta:  los resultados en la evaluación inicial nos dejan algo preocupados; cierta actitud de rechazo hacia el colegio nos avisa de que algo no marcha bien o, directamente  una llamada del profesor es lo que nos hace reaccionar.

¿Cómo debemos actuar como padres? Ante todo manteniendo la calma y transmitiendo mucha tranquilidad a nuestros hijos, pues ellos son muy sensibles ante lo que perciben que nos preocupa, y esto puede agudizar el problema generándoles inseguridad ante los estudios.

La comunicación fluida con el profesorado es la pieza clave en estos casos. Cada colegio establece sus cauces de comunicación y todos son importantes:

  • Reuniones grupales de todos los padres de la clase con el tutor: estos encuentros son importantes para conocer lo que se espera de nuestros hijos en ese curso concreto, tanto a nivel académico como a nivel de comportamiento. Siempre nos pueden servir de referente de lo que se espera de un niño de la edad de nuestro hijo y darnos pistas para detectar cuando algo no anda bien.
  • Reuniones individuales con el tutor: en ellas es de especial importancia acudir padre y madre puesto que siempre enriquece más la entrevista el hecho de contar con el punto de vista de los dos. Es fundamental asistir con actitud abierta para conocer la realidad sobre nuestros hijos; el primer paso para solucionar un problema es reconocer que este existe. Si algo te preocupa sobre el rendimiento de tu hijo no esperes a que te cite el profesor, adelántate tú pidiéndole una reunión.
  • Entrevista con el orientador del centro. En la mayoría de los colegios suelen aplicarse baterías de test colectivos que son de gran ayuda para detectar posibles dificultades, áreas de mejora del grupo y también puntos fuertes de cada alumno, dato importantísimo para poder ayudarles con su dificultad concreta. Si desde el colegio solicitan una reunión con los padres para aclarar algún punto o para aconsejarnos una valoración externa, pongámonos a ello sin demora. En muchas ocasiones se trata de descartar una dificultad de tipo visual o auditiva que puede enmascarar un problema de aprendizaje o bien diagnosticar una dificultad que, cuanto antes se ataje, menos repercusiones tendrá de cara a la escolaridad de nuestro hijo. En cualquier caso es importante remitir al colegio los resultados de esta valoración. El profesorado necesita las pautas claras del especialista para poder ajustar su metodología a la forma de aprender de cada niño.

Ya tenemos claro lo que dificulta el aprendizaje de nuestro hijo. Puede tratarse de un problema en el área del lenguaje o algo  más relacionado con la atención, quizá lo que falla son los hábitos de trabajo o una dificultad concreta en el área lógico matemática...

Las causas pueden ser muy variadas y no podemos detenernos en cada una de ellas, pero como punto de partida me parece importante aceptar como padres que ese hijo es como es, sabiendo que los resultados académicos no lo son todo, procurando descubrir las áreas en las que ese niño destaca y asumiendo también que va a necesitar de nuestro apoyo de una manera más continuada en las ineludibles tareas escolares.

Como padres y como profesores nos damos cuenta de que en el aula o en la familia tenemos niños que ruedan solos y otros que necesitan de pequeños o grandes empujones para hacerles rodar.  Saber que esto es así y contar con ello nos ayudará a asumir que, quizá, necesitamos tenerlo en cuenta para reorganizar las tardes en casa y para prever quien estará más pendiente de supervisar las tareas escolares de ese hijo que nos necesita más.

Ante esto puede surgirnos otra cuestión ¿Dónde está el límite entre apoyarles  en los estudios y, a la vez, hacerles ganar en autonomía? ¿Se puede convertir esta ayuda en una muleta sin la cual  no serían capaces de estudiar por sí solos? ¿Hemos de sentarnos cada tarde con ellos a hacer los deberes? ¿En qué momento es bueno recurrir a la ayuda de un profesor particular?

No hay recetas generales porque cada niño y cada circunstancia familiar son únicos. La pauta para acertar en cada caso nos la dará el profesor. El será el que nos pueda recomendar con más acierto si necesita que apoyemos desde casa  supervisando la lectura en voz alta de nuestro hijo,  buscándole un lugar de trabajo adecuado, sin ruidos ni distracciones, asegurándonos que se pone a trabajar con todo el material preparado, ayudándole a distribuir el tiempo para cada tarea, enseñándole a repasar una lección de cara a un examen, revisar la presentación o la asimilación de lo trabajado... Y también será el profesor el que nos sugiera en qué momento debemos dejarle funcionar sólo, aun a riesgo de que pueda tropezar.  Hay momentos del curso  o partes del temario en las que nos podemos permitir pequeños resbalones académicos sin que estos supongan generar una laguna de conocimientos y necesitamos comprobar qué es capaz de hacer por sí mismo para poder seguir ayudándole con acierto. Vamos entonces a fiarnos del profesor que sabrá darnos las pautas adecuadas sobre  nuestra actuación como padres.

También puede darse el caso en el que desde el colegio se nos recomiende que sea una persona distinta a los padres quien ayude en las tareas escolares, pues a veces, esta labor supone tal desgaste que lo que debe favorecerse siempre es la relación afectiva padre-hijo. Además, el hecho de que sea una persona externa a la familia quien marque con autoridad el horario de estudio,  el contenido,  o la manera de enfocar las actividades hace que los niños respondan mejor a lo que se les quiere trasmitir.

¿Cuál sería entonces el cometido del profesor particular? Este puede variar desde reforzar los contenidos vistos en clase; anticipar el temario para que el niño gane en seguridad durante la explicación del profesor en el aula; o bien, al margen de lo trabajado en clase, detenerse en poner bien las bases y detectar las posibles lagunas  previas que son las que dificultan el aprendizaje de ese niño.

Lo fundamental es que exista una buena coordinación con el colegio. En estos casos es de gran ayuda convocar una reunión a principio de curso en la que puedan estar presentes los  padres,  el orientador, si la situación lo requiere,  los profesores de las asignaturas troncales (lengua y matemáticas)  y la persona del gabinete o profesor particular,  para poder determinar la ayuda concreta que ese alumno necesita. Es cierto que esto requiere un gran esfuerzo de coordinación pero multiplica los resultados y el avance con cada niño, que es de lo que  al final se trata.

No quería terminar estas líneas sin tocar un aspecto que me parece esencial: atender a la parte emocional de estos niños con dificultades de aprendizaje. Estamos hablando de  alumnos  que estudian algún curso de primaria y por tanto el rango de edades de las que hablamos es muy amplio, pero a partir de los 9-10 años necesitan conocer -a un nivel que puedan entender- el por qué  ellos tienen que invertir más tiempo en estudiar que los demás compañeros. Si no saben la razón será fácil que concluyan que ellos son menos inteligentes que el resto.  Existen cuentos adaptados para estas edades que explican en qué consiste la dislexia o la hiperactividad o el déficit de atención. Saber que estas dificultades nada tienen que ver con la falta de inteligencia, si no que suponen una manera diferente de aprender supone una bombona de oxígeno para su autoestima.  Conocer a otros niños o incluso a adultos (personajes, profesores, familiares...) que tienen la misma dificultad que ellos les es  de gran ayuda porque les hace sentirse comprendidos, ver que el día de mañana podrán desempeñar trabajos importantes, que otras personas han pasado por sus mismas dificultades…

Los padres y profesores tienen un papel clave a la hora de apoyarles desde el punto de vista emocional. Es bueno que estos niños aprendan a verbalizar sus sentimientos para poder ayudarles. Necesitan notar que nos ponemos en su lugar, que estamos de su parte, que vamos a buscar la manera de que consigan los mismos resultados que el resto de sus compañeros, aunque sea necesario adaptar el modo de conseguirlo.

Y para acertar nada mejor que preguntárselo a ellos. Nos sorprenderán las respuestas que nos dan, unos agradecerán que se les lea los enunciados de los problemas de matemáticas en voz alta, o que se les entregue el examen por partes para no distraerse con todas las preguntas a la vez, otros necesitan ir más holgados de tiempo en los  examenes para que los nervios no le jueguen una mala pasada, o sentarse en un sitio distinto en la clase  para concentrarse mejor.  Algunos les encantará leer en voz alta, igual que sus compañeros, aunque su nivel lector sea bajo, sin embargo otros preferirán no hacerlo en alto o leer sobre aviso para poder prepararse ese texto con antelación, pero sobretodo agradecerán el gesto de haber intentado ponernos en su piel.

Este tipo de niños necesitan de un modo especial un estímulo positivo ante sus logros, una progresión asequible en la dificultad de las tareas que se les presentan, metas más a corto plazo que el resto de sus compañeros  y ante todo un entorno que sepa valorarle y apreciarle por lo que es, que sepa descubrir facetas en las que destaca y  campos en los que puede ayudar a los demás.