"Ser o no ser pacientes"

Fecha: 25/06/2015

Lourdes Giner,

Coordinadora de Primaria II en el Colegio Orvalle

Publicado en la revista Hacer Familia

El mundo de la educación enH el ámbito familiar, actualmente se caracteriza por la búsqueda de la felicidad de nuestros hijos, sin pararnos a medir los medios para alcanzarla.

Esa felicidad la solemos interpretar como conseguirles un ambiente sin contradicciones, sin grandes esfuerzos, sin sacrificios personales y todo envuelto de una esperanza en disfrutar de la vida a tope, sin límites, sin pesares.

En muchos casos a los niños se les evita el contacto con el dolor y con el sufrimiento, tanto personal como ajeno, con la intención de facilitarles la búsqueda de la felicidad. A veces hasta les disfrazamos la realidad para llevarles de la mano por una vida de color, edulcorada en todas sus dimensiones con tal de que sean plenamente felices.

Sin embargo, el tiempo pasa, los niños crecen y ya cuando se han hecho mayores, no siempre están preparados para enfrentarse y superar con éxito los retos y las dificultades que se les presentan en la vida. Los padres debemos proporcionar a nuestros hijos las herramientas que les permitan afrontar y fortalecerse ante las dificultades, adquiriendo por sí solos los recursos para superar los obstáculos y convertir las limitaciones en oportunidades gracias al esfuerzo, el sacrificio personal y el desprendimiento.

Conseguir que unos niños felices sean el día de mañana unos adultos felices, nace de nuestra propia fortaleza. Los adultos tenemos la obligación de dotar a nuestros hijos de esas herramientas, de esas estrategias de vida que les hagan unos luchadores, unos triunfadores que culminan sus objetivos con la alegría que produce el éxito conseguido después de un trabajo constante, duro, cansado, lleno de complicaciones, todo desde la base de la paciencia.

¿Recordamos lo que es la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza? No son sólo unas virtudes que aprendimos de pequeños y que están casi en el olvido. Son esas cualidades del ser humano que le permiten alcanzar esa felicidad de la que pretendemos vestirles, pero de verdad, en serio, profundas, substanciales; esas cualidades que me hacen feliz, porque me hacen libre.

Y, como toda virtud, no se alcanza en dos días. Como toda virtud, necesita de hechos que convertimos en rutinas buenas que, por serlo, terminan haciéndose parte de nuestra esencia, de nuestra forma de ser, de nuestro carácter. Y esto solo necesita de dos pilares que asienten mi día a día: voluntad y paciencia.

La voluntad, necesita de objetivos claros, una exigencia adecuada, aprender a superar los obstáculos, muchas ganas de mejora personal y paciencia… mucha paciencia.

Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho”, eso es la paciencia.

La paciencia, como todo, se educa con paciencia. Y todos sabemos por experiencia que la perdemos con más facilidad que respiramos.

Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse.

Pero quién en su sano juicio puede permanecer inalterable ante esos hijos que se hacen pis sin parar, que no comen, que lloran sin saber por qué lo hacen, que pasan de lo que les decimos  (a veces porque ni tan siquiera nos entienden) y que encima se sonríen al vernos la cara roja de enojo la quinta vez que ha tirado al suelo la cuchara llena de comida…

O cuando son mayorcitos y llegan tarde a la mesa, a todas las mesas: la de comer y la de estudio, cuando dicen ¡ya me lo sé! Y se han sentado hace cinco minutos a aprender un tema completo de Conocimiento del Medio, o cuando por enésima vez han dejado colgada la ropa en el aire y, claro, está en el suelo… o cuando nos plantan cara… ¡nos plantan cara porque se les dice que hagan simplemente lo que les compete hacer!

Pues esos genios de lo casi imposible, hemos de ser nosotros, papá y mamá, no los abuelos ni la cuidadora... nosotros, los adultos que trajimos con nuestro amor esas criaturas a este mundo tras nueve meses de infinita paciencia deseando verles las caras. Nosotros, que somos sus referentes, sus modelos de conducta, los que marcan lo bueno y lo malo. Papá, será sin duda el modelo de ellos y mamá el modelo de ellas. Y tal y como les enseñemos a ser, tratarán de que sus futuras familias sean. ¡Ahí es nada! Esa es nuestra responsabilidad.

Eso sí. Para que nuestra paciencia no sea motivo de su irresponsabilidad y falta de educación por quedar en simple inhibición, ha de caminar junto a la exigencia, amable pero firme, de no permitir la cuchara en el suelo, los llantos caprichosos, la desobediencia, los horarios serios, la exigencia personal, o las buenas formas de nuestros hijos. Y eso, requiere de una gran dosis de serenidad, firmeza, saber bien cuál es la meta a alcanzar, y previsión de consecuencias positivas o negativas según vayan cumpliendo lo que se les propone o lo que saben que deben hacer.

Tenemos mucha aprensión a castigar, a reprender, y no digamos a mantener lo que hemos dicho que pasaría si hacían tal o cual. Cuando hemos repetido algo, y a la segunda no lo hacen, vamos calentando motores. A la cuarta caben dos posturas: o lo hacen obligados porque sí, porque hay que hacerlo, o lo hago yo, papá o mamá, y así acabamos antes y lo hacemos mejor. Lo primero es falta de paciencia, lo segundo es el esfuerzo paciente que hemos de tener para favorecer su educación adecuada.

Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas. Esas cosas que cuestan, que no salen a la primera. Esas son precisamente las que han de hacer solos, tranquilos, sin desfallecer y sin nuestra dirección. Señalar el camino sí, caminarlo juntos, no. No sale a la primera, mira qué falló y ¡a por ello! La segunda igual y la tercera también. Cuando lo consiguen no hay satisfacción más grande que sentirse capaces y además percibiendo la satisfacción de sus padres.

Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho

¡Ahora! Mamá… lo quiero ahora, lo necesito desde ayer. En ese momento, hay que esperar: lo importante, mañana. Lo muy importante, pasado mañana. Para estar seguros. Si es algo que se compra, que ahorren.

Esas interrupciones a la conversación de los mayores, porque necesitan ¡ya! La respuesta, son las preguntas que quedan sin contestar por no respetar su momento. Cada cosa tiene su tiempo y así todo llega cuando debe hacerlo.

Cinco cosas que son denominadores comunes, donde hay que esperar:

  • Quiero ver la televisión ahora.
  • Mamá cómprame eso… porfa, porfa, porfa.
  • Tengo hambre, sed, calor, frío.
  • No entiendo esto, explícamelo.
  • Mamá que no quiere jugar conmigo a lo que yo quiero!
  • Estoy estudiando, pero necesito beber.
  • He perdido el …, cómprame otro.
  • No me sale bien, hago otra cosa.
  • Ya no quiero esta actividad, cámbiame.
  • Esta viejo esto, necesito otro.

Seamos pacientes. Ellos aprenderán a esperar. El valor de la espera tiene tantas recompensas!

¿Pensáis hacerlo? Ojalá que sí. Y para eso, amigos, ¿ser pacientes o no serlo?